El rugido del mayor felino de América es cosa seria. Esa voz ronca que Horacio Quiroga imaginó en sus diálogos de Cuentos de la selva, donde el “tigre”, como lo llamaba, acababa muerto a balazos para que un cazador desplegara en el living su pelaje amarillento con rosetas negras.

En 1918, cuando el escritor rioplatense publicó su obra, el hábitat del yaguareté se extendía desde el sur de Estados Unidos al norte de la Patagonia. A la caza ilegal se le sumaron dos décadas de deforestación en el Gran Chaco argentino: hoy quedan menos de veinte individuos en una de las principales ecorregiones del país. 

Aunque la legislación que protege al yaguareté es extensa, la situación crítica de este depredador emblemático consigue menos titulares que el “descuido hot” de una famosa o el cruce “picante” entre dos políticos en Twitter. En un hecho inédito para la historia jurídica nacional, llegó a la Corte Suprema el amparo presentado por Greenpeace y la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas (AAdeAA) en nombre de la especie y los derechos de la naturaleza.

En los últimos veinte años se redujo un 80 % la población de yaguaretés en el país. Se calcula que quedan entre doscientos y trescientos, de acuerdo a la Lista Roja de los Mamíferos de Argentina, elaborada por el Ministerio de Ambiente y la Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos. Se distribuyen en tres ecorregiones sacudidas por actividades destructivas, caza ilegal y violación sistemática de la ley de bosques.

Emergencia en la Tierra consultó al abogado Enrique Viale, patrocinante del amparo a través de la AAdeAA, y Ulises Balza, doctor en Ciencias Biológicas de la UBA e investigador del Conicet.

Aquí no hay quien viva

En dos siglos, la Panthera onca –tal su nombre científico– redujo al 5 % su distribución en Argentina. Si antes llegaba hasta el norte de la Patagonia, actualmente vive en menos de 85 000 km2 en las ecorregiones de las yungas, el Gran Chaco y la selva misionera, en gran medida en áreas protegidas.

La población chaqueña, otrora la más numerosa, es la más afectada: sus veinte yaguaretés sobreviven aislados de las otras poblaciones. El declive persistente de los últimos veinte años es consecuencia de la caza ilegal y la pérdida y fragmentación del hábitat. Pero los especialistas no pierden las esperanzas: todavía hay 81 000 km2 de la región chaqueña semiárida que podrían albergar al yaguareté.

Este gran felino es perseguido no solo para obtener “trofeos”. También lo cazan en zonas pobladas o para evitar que deprede el ganado, una consecuencia de la eliminación de sus presas habituales. El tatú carreta, el tapir, el oso hormiguero, el aguará guazú, el ciervo de los pantanos, el lobito de río y el chancho quimilero también están en peligro en una de las zonas con mayor biodiversidad del mundo.

Se calcula que a fines del siglo pasado había entre 400 y 1000 yaguaretés en el Corredor Verde de Argentina y Brasil. Para el 2005 la selva paranaense albergaba entre 25 y 53, una situación crítica que logró mejorarse gracias a esfuerzos de conservación. Ahora, de un total entre 71 y 107, en la selva misionera quedan entre 53 y 81 yaguaretés.

El auge ganadero y la extensión de la frontera agrícola en Misiones impulsó la destrucción de bosques para implantar pasturas forrajeras. También la creación de nuevas rutas que, además de brindar mayor accesibilidad a los cazadores, muchas veces son escenario de atropellamientos de estos felinos.

En las yungas, una región de bosque andino y selvas de montaña que atraviesa Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca, los yaguaretés encuentran su último refugio. Aunque tratan de sobrevivir en zonas relativamente inaccesibles a la actividad humana, no están fuera de peligro: quedan entre cien y doscientos. Además de la eliminación por parte de ganaderos, se estima que en áreas limítrofes con Bolivia podría haber caza furtiva para la exportación de cueros, dientes y garras a China.

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Mayo 2022- Desmontes en la provincia de Formosa. Foto: Facundo Gallo | Greenpeace.

El amparo del yaguareté

En octubre de 2015, un fallo de Elena Liberatori, jueza en lo Contencioso Administrativo y Tributario de la Ciudad de Buenos Aires, consideró a la orangutana Sandra “sujeto de derecho”, “persona no humana” y “ser sintiente”, por lo que ordenó reubicarla en un santuario.

Con su amparo en representación del yaguareté en julio de 2019, Greenpeace y la AAdeAA dan un paso más: reclaman por toda una especie en la perspectiva de los derechos de la naturaleza. “Es una causa muy trascendente, porque además el yaguareté está como sujeto de derecho, como actor en la causa”, explica el abogado ambientalista Enrique Viale.

La demanda es contra el Estado nacional y Santiago del Estero, Salta, Formosa y Chaco, las provincias que, en ese orden, encabezan el triste ranking de la deforestación argentina. De acuerdo a datos de la cartera ambiental y el monitoreo de Greenpeace, desde la sanción de la ley de bosques en 2007 y hasta diciembre de 2021 se perdieron 3.367.308 hectáreas de bosques nativos.

“La causa está en la Corte, que va a llamar a una audiencia pública en el corto plazo. Nosotros creemos que durante junio, pero no tenemos la fecha exacta”, cuenta Viale, convocado al encuentro junto a Greenpeace. “Esperamos pronto esa audiencia”.

Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques de la organización ecologista, asegura que, aunque el yaguareté esté amparado por ley, “no se puede proteger la especie si no se protege su territorio. Va vinculado al avance de la soja y la ganadería en el Gran Chaco”.

Reclaman “deforestación cero” en los territorios del yaguareté y la implementación de un plan de manejo de la especie, algo dispuesto por la ley que la declaró Monumento Natural Nacional en 2001. Además, a través de una medida cautelar piden “la suspensión de desmontes en las cuatro provincias hasta que el máximo tribunal resuelva el reclamo de fondo”.

La presentación judicial apunta directamente a la responsabilidad de los Gobiernos provinciales: al realizar “recategorizaciones prediales para autorizar desmontes en bosques protegidos” (Salta y Chaco), autorizar desmontes específicos para ganadería intensiva en lugares donde está prohibido (Santiago del Estero y Chaco) y por elaborar un ordenamiento territorial que permite desmontar el 75 % de los bosques (Formosa).

Viale se entusiasma con la participación de amicus curiae “de todas partes del mundo” en apoyo a la causa del yaguareté. “Son amigos del tribunal, una organización experta que da su opinión en el tema”.

¿Reintroducción o conservación?

A fines de enero de 2021, Leonardo DiCaprio celebró en sus redes sociales la reintroducción del yaguareté en el Parque Nacional Iberá tras setenta años de extinción en Corrientes. La iniciativa fue de la ONG Rewilding Argentina, impulsora del Proyecto Iberá.

Para su doctorado, el biólogo e investigador fueguino Ulises Balza estudió los factores que hacen vulnerable la población del carancho austral (Phalcoboenus australis), una especie rapaz endémica de Tierra del Fuego. Con conocimiento de causa, reflexiona que “cuando una especie se extingue en un lugar, a veces es difícil que lo recolonice por sí sola, y entonces puede ser que valga la pena la reintroducción”.

Sin embargo, Balza destaca que, aunque hasta hace no mucho había yaguaretés en el río Colorado, al norte de la Patagonia, “eso no necesariamente hace que sea justificable la reintroducción en una región en la que ahora no va a estar conectado con el resto de sus poblaciones nativas”.

En el caso de Corrientes, el retorno del yaguareté se basó en un estudio que apunta que la especie podría por sí misma sostener una población en el Iberá sin necesidad de conexión con las de otras ecorregiones. “Eso es un poco repetir la historia de fragmentación que está teniendo el yaguareté y todos los hábitats en los que existe, en donde antes era una distribución mucho más continua, y hoy en día está mucho más fragmentada y desconectada”, reflexiona Balza.

Para el investigador, es problemático que “la solución sea directamente la reintroducción o la cría en cautiverio, y no todas las otras alternativas que puedan existir”, evaluando “variabilidad genética, condiciones ambientales y de coexistencia con la población humana”.

Balza apunta a la necesidad de estudiar las poblaciones, los ecosistemas y las funciones en lugar de enfocarse en individuos de una sola especie. Sin embargo, considera que “cualquier extinción es una tragedia, por más que sea local, por más que no sea la extinción de todo el yaguareté. Me parece que hay que conservarlo en sí mismo, hay que tratar de que no se extinga porque sí”, al igual que cualquier otra especie del ecosistema, sea o no emblemática.

La verdadera fiera

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Guerrero jaguar, soldado profesional del imperio azteca.

La colonización europea no introdujo a los perros en América, como se solía creer. Antes de eso los guaraníes tenían una palabra para referirse a cualquier fiera carnívora: “Yaguá”. Pero al año de la invasión los españoles llevaron perros de un tamaño mayor al que se conocía en territorio americano, entrenados para atacar a los indígenas y usados como instrumento de sometimiento. Así, “yaguá” pasó a ser sinónimo de “perro” a secas, como se usa en guaraní hasta la actualidad.

Aunque los canes europeos atemorizaban a los indígenas, para los guaraníes la “fiera de verdad” o “auténtica fiera” –”yaguá-eté”– era un félido que puede pesar hasta 135 kilos y medir entre 150 y 180 centímetros de largo, más 70-90 centímetros de cola. Así, especialmente en Argentina y Paraguay, este animal sagrado comenzó a ser llamado yaguareté.

Como nativo de muchas regiones, el yaguareté tuvo y tiene muchos otros nombres. Los mexicas lo llamaban tlatlauhquiocélotl, mientras que para los mayas era balam. Para ambas civilizaciones esta fiera era símbolo de guerra: de ahí la aparición de los guerreros jaguar. En la cultura chavín, del antiguo Perú, era visto como un animal superior que vivía en armonía con la naturaleza. En quechua se le dice uturunku o unqa, de donde se deriva el apelativo otorongo.

En mapuche es nawel, que originó el nombre propio castellanizado Nahuel. En los países hispanoparlantes próximos a la frontera con Brasil se usa la denominación en portugués: onça-pintada. Luego de 1492 también se popularizó referirse a la especie como tigre o tigre americano, aunque el parecido con el asiático es remoto.

No es azaroso que el declive del yaguareté coincida con el auge de la deforestación y la expulsión sistemática de los pueblos originarios de sus tierras ancestrales. Los ecosistemas de bosques y selvas son hogar de estos grandes felinos y componentes esenciales de distintas cosmovisiones indígenas del continente americano, además de proveer alimentos, agua, maderas y medicamentos a las comunidades campesinas.

Según datos de Greenpeace, en el Gran Chaco –del quechua chaku, “lugar de caza”– el 8 % de los habitantes son indígenas. En la parte argentina de esa región americana hay más de doscientas mil personas de nueve pueblos originarios, en su mayoría wichi y qom. En las últimas tres décadas, con el avance del agronegocio, la falta de titularización de sus tierras ancestrales es la excusa perfecta para los desalojos y la represión policial o de bandas armadas contratadas por los empresarios que compran los terrenos.

Enfoque ecocéntrico

Los bosques chaqueños ya no son tan “impenetrables” como necesitan los yaguaretés. En los últimos treinta y cinco años, en Argentina se perdieron doce millones de hectáreas de bosque nativo, convertidas en pastizales ganaderos y tierras de cultivo, la mayor parte concentradas en Chaco, Formosa, Salta y Santiago del Estero.

Consultado sobre la posibilidad de una convivencia pacífica entre humanos y yaguaretés, Balza afirma que es un tema que amerita la participación de las ciencias sociales. “No hay muchos antropólogos metidos en esa cuestión. Son en su gran mayoría biólogos que hacen sus entrevistas con la intención sin dudas muy buena de entender ese proceso, pero es un abordaje que tiene unas limitaciones muy grandes si no cuenta con especialistas de esas disciplinas”.

El amparo en defensa de la especie yaguareté se propone como un paso en ruptura con la visión que ubica a los seres humanos en un lugar de privilegio respecto a otros seres vivos. Pero también apunta contra el extractivismo que destruye, contamina y expulsa comunidades en complicidad con los Gobiernos.

Reconocer derechos a la naturaleza implica una transformación jurídica, retomando y actualizando saberes ancestrales de pueblos originarios, campesinos, interculturales y afrolatinoamericanos junto a otros conocimientos multidisciplinarios críticos al “desarrollo depredador y la modernidad”, consideran los amparistas.

En 1957 el poeta británico Ted Hughes escribió que no hay celda que pueda con el yaguareté porque en su paso contiene “selvas de libertad”. Pero tras siglos de andar majestuoso, en los últimos decenios los pocos sobrevivientes en el Gran Chaco argentino se ven obligados a deambular muchos kilómetros en busca de agua, alimento y otros de su especie. Sin selva no hay libertad.

Pasado y presente del yaguareté en el mundo 

  • Según la organización Panthera, hace un siglo que en Estados Unidos no hay una población reproductora.
  • De México al norte de Argentina, hoy ocupa menos del 50 % de su distribución original.
  • El Gran Chaco americano, segundo mayor ecosistema forestal de Sudamérica después del Amazonas y uno de los más deforestados, es una de las ecorregiones donde existe.
  • Es carnívoro: come casi cualquier especie que habite en su territorio, como tapires, pecaríes, corzuelas, carpinchos, yacarés, armadillos, serpientes, tortugas, aves y monos.
  • Es muy buen nadador. Puede vivir en pantanos, bosques tropicales, matorrales y desiertos, pero también en bosques inundados y humedales del Pantanal brasileño.
  • En Brasil y Bolivia es una especie vulnerable, mientras en Paraguay, al igual que Argentina, está en peligro crítico. En Uruguay ya se extinguió.
  • A nivel global, la UICN la considera una especie casi amenazada.
  • El 29 de noviembre es el Día Internacional del Jaguar, declarado en 2018 por la Conferencia de las Partes del Convenio sobre Diversidad Biológica (COP14).

Fuente

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